"Tenemos la tradición, señorita Paloma, de ponerle papa en su cabello a una chica el día de la cosecha", me dijo el líder de un grupo de agricultores de una comunidad cerca a Huancayo, a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar y agregó -lo que yo temía-: "queremos que sea usted señorita Paloma".
"Sí, ok", contesté yo muy tranquila, "pero no va a pasar".
domingo, 24 de agosto de 2008
domingo, 10 de agosto de 2008
Regionalismos 5
Estábamos pasando la aduana en el aeropuerto de Los Ángeles con una periodista que viajaba conmigo y, frente de nosotros, había un grupo de chiquillos de 16 o 17 años, todos rubios, charlando bien animaditos en inglés.
"Parecen deportistas", me dijo la colega. "Sí, creo que son un equipo", le respondí. "¿De dónde serán?", preguntó ella. "Australianos", le contesté. "Ay, no vale, es que tú sí que tienes un gran oído para los acentos, debes haber viajado mucho". A este piropo, lo único que me quedaba era confesar: "no, fue por la palabra "aussie"... escrita en sus gorros".
"Parecen deportistas", me dijo la colega. "Sí, creo que son un equipo", le respondí. "¿De dónde serán?", preguntó ella. "Australianos", le contesté. "Ay, no vale, es que tú sí que tienes un gran oído para los acentos, debes haber viajado mucho". A este piropo, lo único que me quedaba era confesar: "no, fue por la palabra "aussie"... escrita en sus gorros".
martes, 25 de diciembre de 2007
Regionalismos 4
¡Yupi, Navidad!
Amo la Navidad. Yo sé que es un stress que todos se vuelvan locos y que los choques múltiples estén a la orden del día, que el índice de robos y suicidios suba, que en las tiendas pululen las tías depredadoras de las mejores ofertas y que te metan pavo hasta por las orejas.
Todo eso lo sé. Pero amo la Navidad.
Me explico: disfruto hacerme pasar como papanoél para mi sobrina y ver la emoción que el sonido de cascabeles, un regalo en la puerta y el timbre de la casa producen en la pequeña de 3 años. El pan con pavo en el desayuno del 25 de diciembre es un divino clásico. Me encanta pensar cómo voy a sorprender a mi novio con un regalo súper especial y terminar siendo la sorprendida por el buen gusto y el cariño de la persona que me ama. Es lindo ser engreída por mis papás que, aunque me traten como adulta y celebren mis decisiones al punto de hacerme sentir muy querida y segura, puedan considerarme como una niña una noche al año. En mi casa, la comida es a-lu-ci-nan-te: mi madre tiene tan buen gusto que prescinde del maldito puré de manzana y mi abuela japonesa prepara al día siguiente los mejores rolls del país. Lo más chévere de todo es que puedo tragar lo que se me dé la gana, porque -gracias a la maravillosa genética de mis progenitores- no engordo ni un kilito. El calor empieza a subir, pero todavía no nos maceramos en nuestro propio sudor. Las personas se vuelven generosas. María Teresa me insulta porque somos un par de idiotas que hemos dejado que pase mucho tiempo sin vernos. La champaña es cada vez más seca. Por algunas horas puedo olvidarme de lo horrible que está el mundo y celebrar con la gente que me quiere y a la que adoro y darme cuenta que la felicidad tampoco es un mito.
Por esas razones y muchas más:
Amo la Navidad!
Todo eso lo sé. Pero amo la Navidad.
Me explico: disfruto hacerme pasar como papanoél para mi sobrina y ver la emoción que el sonido de cascabeles, un regalo en la puerta y el timbre de la casa producen en la pequeña de 3 años. El pan con pavo en el desayuno del 25 de diciembre es un divino clásico. Me encanta pensar cómo voy a sorprender a mi novio con un regalo súper especial y terminar siendo la sorprendida por el buen gusto y el cariño de la persona que me ama. Es lindo ser engreída por mis papás que, aunque me traten como adulta y celebren mis decisiones al punto de hacerme sentir muy querida y segura, puedan considerarme como una niña una noche al año. En mi casa, la comida es a-lu-ci-nan-te: mi madre tiene tan buen gusto que prescinde del maldito puré de manzana y mi abuela japonesa prepara al día siguiente los mejores rolls del país. Lo más chévere de todo es que puedo tragar lo que se me dé la gana, porque -gracias a la maravillosa genética de mis progenitores- no engordo ni un kilito. El calor empieza a subir, pero todavía no nos maceramos en nuestro propio sudor. Las personas se vuelven generosas. María Teresa me insulta porque somos un par de idiotas que hemos dejado que pase mucho tiempo sin vernos. La champaña es cada vez más seca. Por algunas horas puedo olvidarme de lo horrible que está el mundo y celebrar con la gente que me quiere y a la que adoro y darme cuenta que la felicidad tampoco es un mito.
Por esas razones y muchas más:
Amo la Navidad!
domingo, 12 de agosto de 2007
Chavín

Si existe alguna cultura que siempre me ha cautivado es Chavín de Huantar. Recuerdo algún trabajo primarioso cuando era más cabezona hace algunos años sobre su templo. Dibujé el nombre "chavín" en letras gordas sobre un muro que más tenía de incaico que de otra cosa. Bueno, a los 10 todo lo "cholo" se ve igual para una niñita limeña que estudia con monjitas alemanas.
Conocí Chavín en el 2001 y lo reconocí hace un par de meses. Viajé enviada por la revista en la que trabajo. Como fuimos un grupo de periodistas, nos trataron a lo VIP, es decir, nos hicieron pasar a partes del laberinto a las que no dejan pasar a cualquiera. Ver piedras a oscuras, caminando sobre maderos que evitan que caigas a un hueco de 5 metros, es lo mas chic que he hecho en mi vida.
Nos dejaron entrar al templo en la noche. Carla -la fotógrafa que me acompañó- y yo éramos las únicas mujeres y, parece que gracias al gorro de Carla y mi pelo suelto, el chamán que nos acompañaba decidió que yo iba a ser su palla o, como diríamos en español y en estos tiempos, su novia. Aunque me gusten medio salvajones, nunca tanto: me jaló de un brazo y me incrustó un tocado de flores y cuentas de madera. Esa huevada pesaría tres kilos.
Con el cuello doblado por el peso de mi corona, a 5 grados y en el centro de la plaza, comenzó el rito. El brodercillo me hizo bailar con una lanza selvática -ajá, en el medio de la sierra- al compás de un tambor y sus gritos guturales. La palla estaba más asustada que las alpacas que nos miraban de lejitos. Luego nos hizo sentarnos y nos pasó dos rondas de un menjunge psicotrópico: el sanpedro.
La sopa esa no sabía a nada rico. Más bien, me recordó al Magnesol que mi mamá solía darme cuando tenía 10 años y cariñosamente llamábamos "jugo de clavo". Bueno, tomé el vaso a lo seco y volteado, imitando a los otros periodistas, para luego enterarme que mis coleguitas habían cerrado los labios y hecho como que tomaban cuando en realidad el líquido nunca entró a sus sistemas. Y me fui al carajo. Ok, ok, no me fui al carajo, en realidad no pasó ni miércoles... y yo que quería ver dinosaurios. Me contaron que el sanpedro puede actuar dos horas después, pero dos horas después yo hacía la meme.
Y la palla cerró la sesión bailando al rito del tamborcillo en medio de la plaza cuadrada de Chavín a las 12pm. En algún momento me vi desde fuera, con mi tocado y mi lanza, quizá resultado del néctar de cáctus, y pensé que nunca más se iba a repetir. Y, como la vida es corta, esa noche bailé y salté más que nadie.
Nos dejaron entrar al templo en la noche. Carla -la fotógrafa que me acompañó- y yo éramos las únicas mujeres y, parece que gracias al gorro de Carla y mi pelo suelto, el chamán que nos acompañaba decidió que yo iba a ser su palla o, como diríamos en español y en estos tiempos, su novia. Aunque me gusten medio salvajones, nunca tanto: me jaló de un brazo y me incrustó un tocado de flores y cuentas de madera. Esa huevada pesaría tres kilos.
Con el cuello doblado por el peso de mi corona, a 5 grados y en el centro de la plaza, comenzó el rito. El brodercillo me hizo bailar con una lanza selvática -ajá, en el medio de la sierra- al compás de un tambor y sus gritos guturales. La palla estaba más asustada que las alpacas que nos miraban de lejitos. Luego nos hizo sentarnos y nos pasó dos rondas de un menjunge psicotrópico: el sanpedro.
La sopa esa no sabía a nada rico. Más bien, me recordó al Magnesol que mi mamá solía darme cuando tenía 10 años y cariñosamente llamábamos "jugo de clavo". Bueno, tomé el vaso a lo seco y volteado, imitando a los otros periodistas, para luego enterarme que mis coleguitas habían cerrado los labios y hecho como que tomaban cuando en realidad el líquido nunca entró a sus sistemas. Y me fui al carajo. Ok, ok, no me fui al carajo, en realidad no pasó ni miércoles... y yo que quería ver dinosaurios. Me contaron que el sanpedro puede actuar dos horas después, pero dos horas después yo hacía la meme.
Y la palla cerró la sesión bailando al rito del tamborcillo en medio de la plaza cuadrada de Chavín a las 12pm. En algún momento me vi desde fuera, con mi tocado y mi lanza, quizá resultado del néctar de cáctus, y pensé que nunca más se iba a repetir. Y, como la vida es corta, esa noche bailé y salté más que nadie.

miércoles, 30 de mayo de 2007
Regionalismos 3
La Negra nos contó a la China y a mí, la Flaca, que su mamá nació en un pueblo pequeño en Arequipa.
"Lo que no me gusta es que hay muy poca gente y los hombres son unos gileros", nos dijo del pueblo, mientras se acomodaba en la cama. "Eso no está tan mal, ¿no?", le respondí. "Lo malo es que todos son mis primos", concluyó con naturalidad.
"Lo que no me gusta es que hay muy poca gente y los hombres son unos gileros", nos dijo del pueblo, mientras se acomodaba en la cama. "Eso no está tan mal, ¿no?", le respondí. "Lo malo es que todos son mis primos", concluyó con naturalidad.
Huancavelica
El lunes, en Huancavelica, comí 7 tipos de papas. Habían blancas, amarillas y rosadas, moradas azules y moteadas. Comí sentada en la tierra, al lado de la parcela de donde pueden salir mil clases de ese tubérculo delicioso. Comí con las manos llenas de tierra la papa tierna que se deshacía entre mis dedos marrones. Remojé la papa en una salsa de leche, queso y hierbas. La pasta que se formaba con esa crema, la papa y la tierra en mis dedos era exquisita.
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